
Fué en la infancia cuando más la disfruté.
Me enseñó a compartarme en una mesa, a comerme todo, a dar las gracias, a disfrutar de la niñez y ser el nieto consentido... el concho más cercano.
Me vestía, me peinaba con mucho gel y me lavaba la cara con mucha gracia, hasta eliminar la ultima legaña más rebelde.
A los 5 años me sentaba en sus piernas para jugar al caballito. La rodeaba de juguetes y veíamos monitos animados juntos. Después me iba a buscar al colegio, me seguía peinando con copetes y peinados al estilo del lenguetazo y seguía enseñandome valores y comportamientos de responsabilidad.
Jamás la ví enferma, nisiquiera le escuché alguna queja por algún problema de salud. En 18 años, nunca supe de sus malestares, pues no existían.
Siempre llena de vitalidad y actividades hogareñas que no le ataban ninguna dificultad, y en las cuales no permitía colaboración de ningún individuo.
Fue pasando el tiempo, yo aquí en Calama, hablabamos muy seguido y todo seguía normal. Así lo comprobaba cada verano bajo su amparo. Todos concientes de su energética vida, no teniamos preocupaciones por su salud, pero un día, cumpliendo con sus tareas habituales, lavó la loza, se fué atomar una siesta y no despertó en tre días.
Dicen, que cuando las personas están mal de adentro, se pegan un borrón... Para olvidar, negar o hacer un llamado de atención al cuerpo y a los que te rodean, que se yo...
Muchas anecdotas pueden contarse de su estadía semanal en la clínica; agresividad, incoherencia o sueños medios misticos.
Nadie sabe que tiene, pero ahora está bien y agradezco por su bienestar. Ya no es la misma, su cabeza no es la misma, su cuerpo no es el mismo. Ella y todos nos dimos cuenta.
Debemos devolverle la mano y hacernos cargo de ella como lo hizo con nosotros...
Lo extraño, es que todas las golosinas que come y las cajetillas diarias de cigarrillos que consume, no han provocado ningún malestar en ella. Ningún examen arrojó explicación al apagón que tomo autoridad sobre su rutina.
Sólo hay que amarla más que siempre y preocuparnos el triple. Esa es la lección...
Ahí pueden verla, a la derecha de una parte de sus nietos, cuando eramos pequeños:
A la izquierda está Carla (conmigo en sus brazos), su hermano Kurt a la derecha, Rodrigo a continuación y Felipe en las piernas de Carmen Flor Montero, la Tita. Mi abuela.